Golpe a golpe, verso a verso, resaca a resaca, pandemia a pandemia. El
germen de este libro surge, como surgen casi todas las ideas, de un
modo casual, al contemplar la nevera vacía tras una noche de farra

y venirme a la cabeza esa melodía incrustada en nuestro córtex. La ocurren-
cia dejó un poso que floreció en marzo de 2020 durante el confinamiento

decretado por el Covid-19. Se antoja innecesario el glosar aquí las virtudes
del tema y mucho menos del autor. Tan solo recordar que en 2009, mucho
antes de que le dieran el Nobel a Dylan, y a través de las páginas de La Voz
de Almería solicité para Antonio Vega, a título póstumo, el Premio Nacional
de Poesía. A modo de disciplina, durante la cuarentena decidí crear un verso
diario que ideé complementar con dibujos al llegar a los cuarenta.

Tras dos o tres bocetos se me ocurrió involucrar a Antonio Jesús Mo-
rata. Al margen de él que dibuja infinitamente mejor que yo, era una forma

de retomar un contacto con un gran amigo. Ahí floreció la semilla nostálgica
por aquellos maravillosos 80 (los 20 ya hemos visto que no lo son). Nombres
de locales como Anagrama, El Cairo, Camuri, Casablanca, Garaje, etc. junto
al de fanzines como El Caimán, Dexedrína o Goma-2, acudieron a mi mente.
La ecuación fue fácil: si estaba Morata, por qué no sumar a Carmelo Villar y a
José María Parra. Dicho y hecho. La idea de esta obra, aparte de homenajear
a una de las mejores canciones del pop español, es un canto a la amistad y
al espíritu de una época; a los que estuvieron, a los que aún están y a los que
por desgracia ya no. Una época en la que como canta Loquillo: los bares no
cerraban cada noche en firme a la hora señalada.